Cerca de donde vivo hay una plazoleta, que hasta hace un tiempo lucía pésimo con sus jardineras cubiertas de excremento seco de paloma, el de par de fuentes con agua enlamada y una variedad de basura flotando; al centro un pedestal que sostenía un busto de José María Morelos, ahora el busto ya no está, después de sufrir el vandalismo. Hace unos meses el lugar fue rehabilitado por personal del ayuntamiento, sin embargo la basura sigue cayendo a las jardineras y el agua de las fuentes no deja de ser un depósito de porquería, el busto, sigue ausente. El lugar todo el día tiene gente, debido a que comparte manzana con un mercado; por las tardes los niños juegan mientras los grandes disfrutan de un agau fresca o una nieve.
Si la calle no la hacen suya los habitantes ¿entonces quién se la queda? Hay sitios en las ciudades que una vez inaugurados o remozados por la autoridad se abandonan, no todos quieren hacerse cargo, del gobierno no se puede esperar todo, finalmente la población es la que hace posible las ciudades o los pueblos.
¿Qué hacer con ese espacio? ¿Es mejor buscar un remplazo? La respuesta a la primera, parece, es la idea que da origen a la segunda. Los hábitos de muchos tapatíos incluyen una visita a los populares centros comerciales, que desde hace unos años son los centros de reunión de la juventud y significan lo que no dan los espacios de una colonia, que simplemente son el lugar donde se pasea al perro, donde unos cuantos niños juegan, si es que las condiciones son seguras.
Una plaza o un parque sirven siempre que los habitantes lo usen. Reapropiarse de la calle es cuestión de amor y sentido de pertenencia al lugar que habitas, es declarar que la ciudad esta hecha de personas y no solo de pavimento y concreto.
